No
es fácil transitar a través de cúmulos de ideas preestablecidas que se estancan
a pesar del paso del tiempo. Pocos son los hombres y mujeres que, a pesar de la
perorata de una sociedad hipócrita, se atreven a revelar mediante el arte sus
pensamientos y su visión muchas veces interpretada como transgresora de la
realidad que vivimos. Darío Morales pintor, escultor y grabador cartagenero
transitó ese duro camino despojando de organzas y tules al cuerpo femenino para
dejarlo al descubierto; visible, real, pero
no vulnerable. Es un cuerpo pleno de voluntad, de fuerza que no deja la
sensación de debilidad. Cuerpo exaltado y poderoso que deja entrever su inmenso
amor y respeto hacia la mujer. Hecho que es aún más comprensible al saber que
su modelo vital fue su esposa Ana María Vila. Sus obras lejos de agredir al
cuerpo femenino lo envuelven en la cotidianidad del Caribe (de sábanas, de
colchones rayados, de mecedoras), magistralmente, adormecido por el velo de
Maya. Esa poesía visual y táctil que transmitía su maestría muy probablemente
llamó la atención de Gabriel García Márquez,
admiración constatada en su escrito “El alquimista en su cubil”, porque García Márquez
le imprimía a su prosa verdadera poesía y esa lirica la compartían ambos en su
obra. La admiración era recíproca, pues Gabriel García Márquez también fue
modelo de uno de sus retratos. La obra
de Darío Morales no se limita sólo a mostrar la desnudez femenina sino que hay
una historia, un universo contado con objetos que cobran vida y pinturas dentro
de sus propias obras que antojan un
mundo de magia, de ensueño vívido como si fuera un poema o un cuento narrado
con colores, sombras y luz. Gabriel García Marquez pintó un mundo con colores
únicos e iridiscentes que transcendían la hoja de papel: “…Amaranta Ursula
descuidó su defensa, y cuando trató de reaccionar, asustada de lo que ella misma
había hecho posible, ya era demasiado tarde. Una conmoción descomunal la
inmovilizó en su centro de gravedad, la sembró en su sitio, y su voluntad
defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los
silbidos anaranjados y los globos invisibles
que la esperaban al otro lado de la muerte…”. Una escena pintada con
letras, así como Dario Morales escribía un mundo para una mujer feliz de serlo
con sus colores. Darío Morales era también un escritor, el detalle está en
saber leerlo, en ver más allá de lo aparente de ese primer plano. Debe
detenerse la mirada en esa urdimbre que respalda la mecedora, esa que evoca
libertad y solaz, luz y alegría. Un microcosmos para admirar y deleitarse en
medio de la poesía. Hay que verlo con ojos puros, libres de toda falsa moral
para reconocer nuestra humanidad… esa humanidad gimiente, errante, taciturna
que ya pareciera ser parte de un pasado muy lejano.
Paola Sualvez
Publicado en Unicarta 119, mayo 2017.

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ResponderEliminarExcelente comentario. Imagino escribiendo a GGM con un pincel, dando pinceladas a esas partes de Macondo donde las escenas son verdaderos cuadros. Y también imagino a Diario Morales escribiendo sobre el vientre hermoso de su mujer, digo hermoso por lo que se muestra de artístico y pictórico. Esa dualidad que la escritora encuentra en el arte de ambos artistas es digna de referenciar, de enumerar, de aflorar. Es un ejercicio, un descubrimiento que nos deja la tarea de seguir buscando en Gabo esos pincelazos de genialidad que nos dejó antes de partir hacia lugares desconocidos. Muy bueno, me ha servido para teorizar sobre gustos poéticos y artísticos de la realidad colombiana.
ResponderEliminarMuchas gracias por tu dedicado análisis. Eres muy amable. Me alegra mucho que el texto te haya llevado por esos territorios inundados de color y poesía, y a la vez te invitara a disfrutar y profundizar más acerca de nuestro arte, nuestra cultura. De nuevo, gracias.
EliminarExcelente comentario. Imagino escribiendo a GGM con un pincel, dando pinceladas a esas partes de Macondo donde las escenas son verdaderos cuadros. Y también imagino a Diario Morales escribiendo sobre el vientre hermoso de su mujer, digo hermoso por lo que se muestra de artístico y pictórico. Esa dualidad que la escritora encuentra en el arte de ambos artistas es digna de referenciar, de enumerar, de aflorar. Es un ejercicio, un descubrimiento que nos deja la tarea de seguir buscando en Gabo esos pincelazos de genialidad que nos dejó antes de partir hacia lugares desconocidos. Muy bueno, me ha servido para teorizar sobre gustos poéticos y artísticos de la realidad colombiana.
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