sábado, 28 de diciembre de 2019

CONTRA TODA EVIDENCIA, EL CUENTO







Un universo habitado por personajes únicos, que danzan a través de escenas estructuradas con una imaginación desbordante y la maestría de la palabra es lo que nos ofrece Juan Carlos Céspedes Acosta en su libro Contra toda evidencia, el cuento. El libro, que consta de veinticuatro relatos, llama de forma positiva a la relectura para visitar de nuevo esos espacios construidos con genialidad. Cada pieza se vive como una oportunidad de transitar la ficción cespediana. Los relatos no tienen una sola voz son lienzos donde se cuelan las voces de los olvidados, amantes, desesperados, insoportables, infractores, escritores, amigos, y quizá, nosotros mismos.  La estela de cada relato abriga el pensamiento como si se tratara de seres conocidos, con los que quizá nos sentamos a tomar café, hablamos en la calle o soñamos en algún momento. Otra particularidad es que son relatos con varias capas que reclaman del lector su libre interpretación o una postura frente a la historia, convirtiéndolo en sujeto activo y pensante. De manera que, esta colección de relatos es una propuesta que mantendrá la atención del lector hasta el final, no solo por el contenido, sino por la forma en que el autor guía la narración con las palabras exactas y necesarias y por la prosa poética que se filtra de forma natural y espontánea.   
           
            Aquí, un fragmento del relato El sexto elemento:
“Toma el picaporte, le da vuelta lentamente, con mucho sigilo, como si temiera encontrarse con una escena desagradable. Va abriendo, asoma con cautela la cabeza, sus ojos listos para dilucidar el misterio, cuando alcanza a mirar hacia afuera, ¡el resto de la casa ha desaparecido!
Se encuentra al borde de un gran vacío, instintivamente se agarra del marco de la puerta para no caer, da un paso atrás y cierra. Suspira, piensa que debe estar en medio de un sueño, así que decide abrir de nuevo, esperando encontrar todo en su lugar. Ni siquiera se acuerda de la sustancia que ahora le llega a las pantorrillas”.
            La historia se desarrolla en un mundo que es invadido por una sustancia gelatinosa, extraña. El conflicto que se plantea es la incapacidad de luchar contra lo inevitable y que lleva al protagonista a tomar la decisión de lanzarse al abismo. Paradójicamente, ese salto es un renacer, ya que el ciclo nuevamente empieza con la escena inicial ahora con una mujer. Es el uroboro de la vida misma, la lucha continua por superar la vaguedad de nuestra existencia, la inaceptación de nuestra mortalidad.

            En El ruido el planteamiento nos lleva a sumergirnos en una realidad en la que el hombre no puede encontrarse con sus propios pensamientos. El ruido es el protagonista de este relato, donde asume un papel invasivo, incontrolable, que domina nuestra existencia. No representa solo el ruido físico, es el ruido de nuestros afanes diarios, la imposibilidad de mantener la mente en el presente, en el ahora, es el bombardeo constante de información y la lucha por escapar de esa nube densa para tratar de reencontrarnos con nosotros mismos.  
“Ruido sin fin, ruido sin alma, la gente entrando y saliendo, tirando las puertas, haciendo sonar los timbres, los teléfonos repicando, los vendedores golpeando por las ventanas, las emisoras atacando con sus letales comerciales, las conversaciones encima, voces y más voces, labios que se mueven, manos en ademanes para reforzar las palabras que ya no sirven porque perdieron su significancia, las bocinas de los largos gusanos del semáforo, la gente que se pelea, las construcciones, las máquinas, la tecnología, la automatización del ser y todo vibrando en eco diario, persistente, descontrolado, las guerras, los discursos, la economía, la miseria, el hambre, los cementerios, y este búnker ineficaz, donde todo llega y nada me salva”.

            El humor también está presente de la mano del escenario perfecto: Un taller literario. Aquí chocan los egos, la necesidad de ser reconocido, la inexperiencia, los pudientes y desamparados, la falta de credibilidad; al final, un reflejo de nuestra sociedad. Se cuecen enemistades, nacen admiraciones, pulula la crítica constructiva y la que solo busca aplastar al otro para que solo reine “yo”, el mejor de todos. Del relato ¿Alguien más quiere leer?
“Se hace un largo silencio. Bertha se había olvidado que la coordinación estaba en sus manos. Ahora valora más a Rufino, ella misma sintió lo duro que patea el potro. Marcos limpiaba sus anteojos con esmero. Felipe aún temblaba de ira. Michelle estaba que la seguía con uña y todo. Alberto se deleitaba con un dulce de ron con pasas. Y todos los demás ensimismados con sus cosas; algunos guardaban con disimulo sus escritos para evitar las críticas.
De pronto Bertha recupera la lucidez y pregunta:
—¿Alguien más quiere leer?”

Del cuento Solo vine a morir a este pueblo:
“Parezco un adolescente metiendo la mirada por donde apenas cabe una fotografía, la imagen de esa mujer frente al mar, brazos abiertos al infinito, una aparición que me llena los ojos, a mí, viejo de sesenta y cinco años, sin argumento para más vida, convocado por la muerte a este último viaje. Siento un tropel en el pecho, como si aún tuviera corazón… Benicia se pega más a mí, un relámpago alumbra la habitación, esta madrugada es mía, me pertenece, suma de mis edades, sangre moviendo este corazón con ganas de vivir, la aprieto fuerte, este cuerpo es mío…”

            Cuando parece que todo está perdido, el amor se revela como la fuerza capaz de crear un nuevo camino; luz que tiñe de esperanza la agonía, la soledad. El protagonista busca un pueblo cualquiera para esperar la muerte, pero la vida le entrega a Benicia, la Beatriz que lo salva y lo redime, que le hace saber que no somos quienes para decidir en que momento dejamos de sentir. Así como el mar que da la vida, mientras seamos capaces de respirar, daremos lo que hay dentro de nosotros aun con miedo, porque esa es nuestra naturaleza, aunque nos escondamos en el punto más remoto de nuestros discursos o nos engalanemos anticipadamente con las vestiduras de la muerte.

            El hombre que se deshace es un relato contundente; una metáfora que se sufre y perdura en la memoria, un texto universal y un referente de la ficción cespediana. La inconciencia de la perdida y la negación se traduce en alucinaciones que transfiguran al protagonista. No hay manera de escapar del sitio creado por el mismo; cárcel inhóspita, sin rejas ni cancerberos, donde él es único verdugo. Una pesadilla viva que recorre con él sus recuerdos y su angustioso presente de soledad y abandono.
“Al comienzo esto me causaba horror; me agachaba nervioso a recoger un pedazo de nariz, a examinarlo y comprobar que efectivamente me pertenecía, y sí, todo lo que hallaba era mío, después me palpaba para verificar la pérdida ¡y ahí estaban otra vez en su sitio!... Corrí a las escaleras para agarrar mi pie, este subió a saltos los peldaños; cuando llegué arriba se había esfumado, solo encontré el zapato y vi con espanto que yo llevaba solamente el izquierdo… Después de una hora de anotaciones y consultas, levanté la cabeza para descansar y vi, en una mesa contigua, a un hombre idéntico a mí, parecía el reflejo de un espejo, pero algo absurdo me llamó la atención: ¡mi otro yo no tenía boca!”

            El poeta y escritor Juan Carlos Céspedes, se desplaza con una técnica depurada a través de cada historia, para heredarnos una obra que funge como una espiral de ideas y visiones enmarcadas por su cosmovisión y filosofía de vida. Asimismo, es imperativo mencionar el prólogo de Mara Castell el cual enaltece este trabajo literario con un análisis detallado y bien sustentando; páginas que nos introducen al texto y que no debemos pasar por alto.  
            En resumen, el lector vivirá con este libro la verdadera literatura y hará parte de una fiesta, donde palabra e imaginación se funden para recrear una experiencia inolvidable.   

Reseña. Contra toda evidencia, el cuento. Juan Carlos Céspedes Acosta (2017).
Sualvez.

domingo, 8 de diciembre de 2019

ESTE O CUALQUIER OTRO LUNES







La cotidianidad de nuestros días se traslada a través de la visión de Jesús David Buelvas a un cúmulo de historias condensadas en un lunes cualquiera. El tránsito de los personajes nos conecta con la cosmovisión de una voz que trata de emanciparse de la Cartagena idealizada. Samuel es el espejo donde podemos vernos sin filtros ni artificios, pero que muestra la ensoñación por ese paraíso resguardado entre murallas. La dualidad de la vida misma que se cuela como un lienzo con parches y trazos inciertos.

“El centro es un conglomerado de ires y venires, un bullir de gente con las esperanzas aplazadas”

 Al mismo tiempo, el trasfondo filosófico y la crítica son el cimiento de la obra que danza con diferentes pareceres estructurados con lógica y sencillez.

“En los últimos días había estado organizando un conjunto de ideas acerca del tiempo desperdiciado gracias a las tareas inútiles y a todos los actos fallidos cometidos por los seres humanos. Para Samuel la humanidad entera había tenido desde siempre la manía irremediable de perder inmensas cantidades de tiempo cometiendo y enmendando errores a grande y pequeña escala”

“El centro de la ciudad le gustaba mucho a cualquier hora del día. Estar allí era poder dedicarse a caminar sin rumbo fijo, con el solo pretexto de perder el tiempo, de no tener que llegar a cualquier parte; esculcando libros en una biblioteca, echado en una banca mirando el trasegar de la gente o simplemente recostado, pasando el rato mientras escuchaba las conversaciones de los estudiantes, de los ancianos pensionados o de los desocupados en cualquiera de los parques de Cartagena”

La voz de Norma se siente como un eco que no cesa, que se mantiene en el tiempo, que nos habla de la solidaridad y del amor tangible que es posible tocar y escuchar. Es un llamado a descubrir la bondad en nosotros, a no juzgar por la apariencia, a empatizar con las circunstancias del otro, a creer que hay esperanzas aún a pesar de la oscuridad que nos habita, de la separatidad que nos destruye de forma ineludible.

“Norma no sabía con exactitud que había en el par de luceros que iluminaban la faz de ese ángel extraviado, pero si tenía la certeza absoluta de que en esos ojos existía algo que la llevaba más allá de las puertas de cualquier incertidumbre”


 El entramado de la narración lleva a contemplar ese universo de ideas que confluye en imágenes vivas que nos enfrentan a nuestra incongruencia, a la constante que define nuestros actos. Asimismo, los detalles delinean escenas que discurren a buen ritmo y mantienen la expectativa, haciéndonos partícipes de esa realidad que invisibilizamos.

“He caminado hasta el cansancio para venir a sentarme bajo la sombra de un laurel. Cerca de este sitio, hay un polideportivo en el que tres hombres y dos mujeres hacen ejercicio. Los observo. Otra forma de escapar. Puede ser. En medio del lugar en que me he detenido hay una piedra enorme, rugosa. Sus pliegues están cubiertos por un musgo fresco que se deshace al contacto de mis dedos. Por un costado de la piedra avanza un caracol cuya existencia reclama mi atención de una forma que yo mismo considero exagerada”

 “Uno de los dos caería en cualquier momento bajo el inexorable destino que le guardaba el cuchillo del otro. Cuando eso sucediera no habría espacio sino para la retirada, evitando cualquier comentario impertinente frente a las indagatorias de la policía. Todo quedaría bien oculto bajo la ley que impera en esos barrios donde el mejor aliado de todos suele ser el silencio”

Cartagena es un personaje más de la obra, no es solo el espacio en que transcurre la acción. Esta dibujada con sus calles y parques, con su frondosidad y ambivalencia, con los rostros de los habitantes temporales de sus plazas. La lentitud particular del tiempo trasciende las páginas y se vive como parte del Caribe, de esa forma sui generis de ver y sentir la vida.

“Sí, Cartagena, esa ciudad de contrastes sobre la cual se decían muchas cosas pero que él tan solo percibía como el sitio donde quería seguir viviendo, tal vez para regodearse en esos paseos infinitos de domingo, cuando tomaba una buseta cualquiera e iba a parar hasta las playas de Marbella donde después de contemplar la retirada de los últimos bañistas, matizada por un sol rojizo y una brisa salobre, emprendía una caminata extasiante que iba a terminar casi siempre en el Monumento de los Océanos”

Este o cualquier otro lunes es una obra que nos invita a reflexionar no solo sobre los problemas que nos aquejan como sociedad, sino sobre la incertidumbre de la existencia misma. Es también una panorámica en alta resolución que nos muestra lo que todos ven y lo que se oculta tras la indiferencia que nos desdibuja como humanos.

Reseña de la novela. Este o cualquier otro lunes del escritor Jesús David Buelvas Pedroza. Mendi-Kante ediciones. 2019.


Sualvez 2019

martes, 29 de enero de 2019

EL REFLEJO DE LA ESPERANZA O LA ESPERANZA EN QUE QUEREMOS REFLEJARNOS.





La poesía le permite al escritor derramar sobre el papel las emociones que lentamente transforma en arte a través de la razón. No es un trabajo fácil. Es un trabajo que amerita tiempo y gusto ya que en esencia es una necesidad que gobierna las horas de sueño, las tardes azul-naranja y las mañanas con olor a café y pan recién horneado. Más aun cuando no hay mayor expectativa que ver al final el resultado pulcro, diáfano y exacto de lo que se imaginaba entre brumas celestes. En otras palabras, escribir un poema ya es una tarea digna de elogiar. Pero escribir un poema y, además, una versión que funciona como un reflejo de ese poema; ya es transitar el camino de la vanguardia con planteamientos significativos que convocan a nuevas formas y cadencias. Bastaría con leer los veinte poemas que conforman el libro para sentirse extasiado con un banquete de imágenes y sensaciones plasmadas con un lenguaje limpio y certero, que denota la lucidez y maestría del poeta. Sin embargo, hay más: para cada poema se ha ofrecido otro poema que embelesa y reafirma las construcciones delicadas y rigurosas de su poema predecesor. Donald Jaimes Zubieta[1], gerente de la Editorial Casa del Escritor, considera a estos reflejos metapoemas y los describe como un poema del poema. Y sí, podrían enmarcarse dentro de la metapoesía por lo novedoso de la forma y estilo donde los reflejos hacen trascender la propuesta del escritor.
El reflejo depende de la superficie y del estado de ánimo —puede ser feliz o doloroso, justo o infame, de ojos puros o sarcásticos, o simplemente ser todo al unísono—. Y en ese sentido el autor logra su objetivo: El poema y su reflejo pueden leerse cada vez con experiencias diferentes como la vida misma. Esa vida que se cuela por las letras de estos fragmentos:

Poema Once (fragmento)
Y tus pasos alienados
Se contagian interminablemente
Con la lentitud de la griposa esperanza

Reflejo Once (fragmento)
Los pasos alienados se les antojan interminables
Y las calles ociosas se contagian lentamente
Con la gripe de la triste esperanza

El camino trajinado por el poeta para lograr esta nitidez y contundencia revela ya la madurez y la fuerza para descubrirnos un estilo propio y una forma particular de transitar su mundo y de deconstruir esa realidad ilógica que no acepta y que es, igualmente, la temática del poemario. Wilfredo Mújica que prologa el libro destaca, asimismo, la inconformidad del autor con esa “realidad discriminada y maltratada”.    Entonces, no estamos hablando solo de la forma sino de la esencia de unos versos atribulados y dolorosos que conmueven, que llaman a la introspección. De esta manera, el libro está organizado en tres partes llamadas Esperanzas; esperanzas que parecen muy lejanas, casi perdidas, pero que renacen día tras día al llamarnos a buscar luz dentro de nosotros:

Poema Diez (fragmento)
¿Ubicarán la razón de la sinrazón?
¿Hablarán como todos los organismos,
De fósiles y de hombres muertos
Estadísticamente lejanos?
¿Cerrarán los ojos en un intento por derrotar a la maldad
Con efímeras ilusiones de animales románticos?
¿Lograrán ver reproducirse a las estrellas
Donde solo existen tinieblas
Y garabatos  de leyes antinaturales e
idiomas convocados por los dioses de las tormentas?

Reflejo Diez (fragmento)
¿Ubicarán la sinrazón de la razón?
¿Hablarán los hombres de estadísticas lejanas, de fósiles
Y de organismos muertos sin nacer?
¿Cerrarán a la maldad con efímeras ilusiones,
En un intento por derrotar a los ojos fríos de los animales
románticos?
¿Se reproducirán las tinieblas y los garabatos sobre las estrellas
Donde solo existen leyes antinaturales
Convocados por los dioses y sus idiomas tormentosos?

 El poemario de José Antonio Contreras es un tributo a la poesía, a la poesía que se siente en las entrañas, poesía que desarma y que trastoca esa verdad enchapada en metal rosado y doré —sangre lavada una y otra vez por nuestra miopía y celeridad analítica— que nos deja murciélagos revoleteando en el estómago y la necesidad de buscar en nuestro reflejo los soles que han migrado a otras constelaciones: 

Poema dos (fragmento)
Poesía de sangre que se escapa por las venas ardientes
Reflejo dos (fragmento)
Sangre ardiente que se escapa por las venas de la poesía
  
Por último, la poesía de José Antonio Contreras si bien puede entenderse como poesía filosófica por su complejidad y planteamientos a través de la argumentación y constante reflexión, el halo de sensibilidad que impregnan sus versos los hacen al mismo tiempo accesibles; versos que se multiplican, que caminan de nuestra mano, que dudan y al mismo tiempo creen. El poemario es, entonces, el reflejo de esa esperanza que vemos calcinada, pero que renace con cada nuevo amanecer para recordarnos la vivencia de la solidaridad y el respeto bajo el auspicio del amor en todas sus facetas.    

Reseña del poemario De esperanzas y otros Reflejos, del escritor peruano José Antonio Contreras, editado por Instituto Cultural Iberoamericano (2017).
Autora: Paola Sualvez (Paola Suárez Alvarez) 29.01. 2019





[1] Los metapoemas de José Antonio Contreras, Donald Jaimes Zubieta. 2018.

domingo, 22 de abril de 2018

DARÍO MORALES EL ESCRITOR, GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ EL PINTOR.

                           Desnudo en interior, 1976.

No es fácil transitar a través de cúmulos de ideas preestablecidas que se estancan a pesar del paso del tiempo. Pocos son los hombres y mujeres que, a pesar de la perorata de una sociedad hipócrita, se atreven a revelar mediante el arte sus pensamientos y su visión muchas veces interpretada como transgresora de la realidad que vivimos. Darío Morales pintor, escultor y grabador cartagenero transitó ese duro camino despojando de organzas y tules al cuerpo femenino para dejarlo al descubierto;  visible, real, pero no vulnerable. Es un cuerpo pleno de voluntad, de fuerza que no deja la sensación de debilidad. Cuerpo exaltado y poderoso que deja entrever su inmenso amor y respeto hacia la mujer. Hecho que es aún más comprensible al saber que su modelo vital fue su esposa Ana María Vila. Sus obras lejos de agredir al cuerpo femenino lo envuelven en la cotidianidad del Caribe (de sábanas, de colchones rayados, de mecedoras), magistralmente, adormecido por el velo de Maya. Esa poesía visual y táctil que transmitía su maestría muy probablemente llamó la atención  de Gabriel García Márquez, admiración constatada en su escrito “El alquimista en su cubil”, porque García Márquez le imprimía a su prosa verdadera poesía y esa lirica la compartían ambos en su obra. La admiración era recíproca, pues Gabriel García Márquez también fue modelo de uno de sus retratos.  La obra de Darío Morales no se limita sólo a mostrar la desnudez femenina sino que hay una historia, un universo contado con objetos que cobran vida y pinturas dentro de sus propias obras  que antojan un mundo de magia, de ensueño vívido como si fuera un poema o un cuento narrado con colores, sombras y luz. Gabriel García Marquez pintó un mundo con colores únicos e iridiscentes que transcendían la hoja de papel: “…Amaranta Ursula descuidó su defensa, y cuando trató de reaccionar, asustada de lo que ella misma había hecho posible, ya era demasiado tarde. Una conmoción descomunal la inmovilizó en su centro de gravedad, la sembró en su sitio, y su voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los silbidos anaranjados y los globos invisibles  que la esperaban al otro lado de la muerte…”. Una escena pintada con letras, así como Dario Morales escribía un mundo para una mujer feliz de serlo con sus colores. Darío Morales era también un escritor, el detalle está en saber leerlo, en ver más allá de lo aparente de ese primer plano. Debe detenerse la mirada en esa urdimbre que respalda la mecedora, esa que evoca libertad y solaz, luz y alegría. Un microcosmos para admirar y deleitarse en medio de la poesía. Hay que verlo con ojos puros, libres de toda falsa moral para reconocer nuestra humanidad… esa humanidad gimiente, errante, taciturna que ya pareciera ser parte de un pasado muy lejano.  

Paola Sualvez

Publicado en Unicarta 119, mayo 2017.

jueves, 15 de marzo de 2018

UN LIBRO ABIERTO





La realidad de nuestros días parece estar sujeta al vaivén de los sutiles graves o agudos que emite el teléfono inteligente con cada foto o escrito, que ingresa a lo largo del día. Nuestra atención se agudiza, de forma que podemos distinguir ese ligero sonido a distancias inconcebibles. Incluso parece una extensión de nosotros mismos; un órgano sin el cual es imposible sobrevivir, una parte esencial que nos mantiene vivos en las redes de la irrealidad. Atrás quedaron (para quienes es factible por la distancia) aquellos momentos de visita y de charla cara a cara con los amigos, pues un video o una foto con mensaje es más que suficiente para mantener el estrecho vínculo de la amistad. Nunca como antes el hombre ha dedicado tanto tiempo a tomarse fotos para compartirlas con gente que apenas conoce; los límites de la privacidad ya están tan desdibujados que todo lo observamos al principio con asombro y luego con total naturalidad. Es la vida misma a través de instantes fotográficos o videos que parecieran imitar la realidad de la famosa película The Truman Show, pero por voluntad propia. La manera como vivimos nuestras vidas ha cambiado de forma drástica. Ahora parece más real lo que vemos en las redes. ¿Y cómo no?, si podemos usar toda clase de filtros para vernos más jóvenes, más felices. Ya no tenemos que recordar las fechas de cumpleaños; nuestra querida red social nos enviará un recordatorio y no quedaremos como el peor de los amigos. Sabemos dónde están, qué están comiendo, su situación sentimental, cómo se sienten, cómo celebraron su cumpleaños,… en fin, toda su vida en una secuencia que la misma red puede organizar en un video para mostrar al finalizar el año. 

No tenemos que hacer memoria para recordar donde estuvimos en determinada fecha porque bastará con buscar en el historial para revivir lo que queramos.  Es más, las fotos son el objetivo primordial de todo suceso o evento para compartirlas con los cientos de amigos que tenemos: El auto recientemente adquirido, la nueva casa, el último viaje al extranjero con toda la familia, nuestra mascota con vestido de última moda, el regalo que alguien nos hizo…  Las personas nos verán, nos criticarán, emitirán juicios y a partir de toda esa información recrearán una imagen de nosotros quizás muy distinta a lo que somos en realidad. Al mismo tiempo, al abrir esas ventanas y permitirle la entrada a todos esos ojos acusadores y críticos es posible que nos asalten algunas inquietudes: ¿No estaremos entrando en un camino adictivo forzados por la necesidad de asombrar y ganar seguidores de nuestras ocurrencias? ¿En un futuro seguiremos pensando igual sobre todo el material que hemos compartido? ¿Este camino nos estará conduciendo a la felicidad o por el contrario a la ansiedad y el estrés por superarnos con nuevas y mejores imágenes? ¿Es conveniente ser un libro abierto para todos? ¿Estaremos exponiéndonos al peligro? ¿Deberíamos hacer un análisis previo de lo que subimos a la red? ... Pero no encontraremos respuestas; solo presunciones parciales. Más aún, tal vez solo con el tiempo nos lleguen esos “me gusta” o “no me gusta” verdaderos, introspectivos, realmente nuestros. 

P. Sualvez

lunes, 12 de febrero de 2018

SI TENGO TIEMPO...



Nada más cierto que el tiempo es relativo, que los minutos otrora exuberantes y pendencieros se vuelven vacilantes, agoniosos, casi fantasmagóricos, como si estuvieran a punto de evaporarse. Y nuestros ojos que titilan los desean, los siguen en los vericuetos que se calan en la memoria porque ahí es donde van quedando agazapados como instantáneas multicolores o en tintes grises, pero al fin y al cabo testimonios vívidos de su paso o lo que es lo mismo de la vida. El tiempo puede ser algo tan vago como una semilla de ceiba difuminándose en el espacio o algo tan pesado como un café muy muy amargo en medio del desierto.

La delgada línea que caminamos paso a paso a veces se nos enreda con diferentes opciones y al mirar atrás quisiéramos tener la oportunidad  de deshacer, como por cuenta de un sortilegio, la decisión tomada, pero el tiempo no tiene reversa. En nuestras mentes elucubramos muchas estrategias para solucionar el error cometido. Sin embargo, el error, casi siempre satanizado, es fuente de conocimiento. Si somos conscientes de que esa delgada línea no podemos caminarla en múltiples direcciones, tal vez la vida sería más valiosa, las personas que nos rodean aún más  y los instantes que vivimos más preciados. ¿Por qué no disfrutar cada faceta de esa valiosa gema con lo que más nos haga felices y a la vez nos edifique? ¿Por qué no dedicar nuestras energías a construir memorias plácidas que sean la constatación de una vida plena y bien aprovechada? No, hoy esto parece inaplicable porque el tiempo dejo de existir para estar condicionado al tiempo per se. Nuestra respuesta más usual es: Si tengo tiempo… (Lo que materialmente se traduce en quizás no). Quizás no porque tengo miles de cosas virtuales que debo hacer. Así es, cosas irreales. ¿Para qué charlar con las personas frente a frente, si hay un emoticono que lo dice todo? ¿Para qué leer, si es más “provechoso” (en términos de tiempo) ver la película del libro? ¿Para qué visitar a la familia, si ya sabemos que está bien? ¿Para qué caminar en la tarde por la orilla de la playa, si lo podemos hacer después? Además, el mar siempre estará ahí, todo siempre estará ahí…

¿Y qué pasa cuando el tiempo ya no puede recuperarse? ¿Qué pasa cuando las variables, que se conjugaban para el momento perfecto, se han trastocado o alguna cambió de forma impredecible?  El tiempo siempre será un ahora, no un luego o un después. Procrastinar puede resultar fácil en el momento, pero a la larga puede complicarnos todo. No obstante, las experiencias de cada quién serán las que determinen el tránsito por esa delgada línea sin reversa; serán las que nos susurren al oído que decidir: si tenemos tiempo ahora o después. 


P. Sualvez

martes, 16 de enero de 2018

CONQUISTAR LOS SUEÑOS








Aunque nuestra vida parezca resuelta o al menos encaminada, como una obra de arte con los trazos bien definidos, los colores con su matiz deseado o la sombra y volumen que planeamos; los sueños están ahí para plantearnos difíciles encrucijadas. Más aún, si somos conscientes de que los sueños muy difícilmente se hacen realidad, porque de no ser así serían más bien metas, propósitos, proyectos. Los sueños navegan el mar de la fantasía y transitan los bosques de la utopía de la mano de la esperanza y la ilusión. Sueños altruistas o egoístas que van cambiando con  el vaivén de las circunstancias y de los torbellinos de la vida. Sueños que a veces se disfrazan con su antifaz para que no los juzguen, para no marchitarse o tal vez sólo para protegerse inclusive de nosotros mismos. Los sueños nos hacen volar y caminar por terrenos que desconocemos y tememos, pero darles la espalda implica negar nuestra propia existencia.

 ¿Qué hubiera sido de nosotros como sociedad sin los soñadores que generaron cambio y transcendieron a pesar de la adversidad? porque cuando un sueño se conquista lo que se enciende es una espiral de esperanza y motivación que abre caminos y puertas para otros y otras para quienes inclusive concebirlo es una locura.

No hay sueños grandes ni sueños pequeños ni sueños banales ni sueños vitales, simplemente son una parte viva de nuestra existencia. Yo diría que son los daimonions que caminan a nuestro lado para confirmar que somos humanos. Al final no importa tanto si el sueño se conquista, lo que importa es caminar con él y ayudar a construirle su propia vía; nutrirlo para que llegado el momento se convierta en lo quiere ser: Real.

En nuestro interior, con toda seguridad, está ese sueño que nos tintinea todas las mañanas o en las noches, hasta que sentimos que no se puede hacer nada y nuevamente lo besamos, lo mimamos y lo guardamos en el cofre donde tenemos nuestros sueños de niños o juveniles, aunque sabemos que es nuestro delirio, el que recordamos insistentemente y por que a veces con el overol de trabajo estamos dispuestos a luchar hasta que llegan las excusas y el desaliento. ¿Por qué creer que no es posible? ¿Por qué darle la espalda? La vida misma es un sueño. ¿Por qué no construir el camino para que se haga realidad? Y si se trata de un sueño colectivo, entonces ¿por qué no  darle la mano al otro para que juntos construyamos el camino?

No importa cuál sea nuestro sueño, lo que importa es lo que se construye en el camino: amistad, fortaleza, unión, capacidad, equipo, valentía, apoyo, inspiración, solidaridad…

P. Sualvez.