Un universo habitado
por personajes únicos, que danzan a través de escenas estructuradas con una
imaginación desbordante y la maestría de la palabra es lo que nos ofrece Juan
Carlos Céspedes Acosta en su libro Contra toda evidencia, el cuento. El
libro, que consta de veinticuatro relatos, llama de forma positiva a la
relectura para visitar de nuevo esos espacios construidos con genialidad. Cada
pieza se vive como una oportunidad de transitar la ficción cespediana. Los relatos no tienen una sola voz son lienzos donde se
cuelan las voces de los olvidados, amantes, desesperados, insoportables,
infractores, escritores, amigos, y quizá, nosotros mismos. La estela de cada relato abriga el
pensamiento como si se tratara de seres conocidos, con los que quizá nos
sentamos a tomar café, hablamos en la calle o soñamos en algún momento. Otra
particularidad es que son relatos con varias capas que reclaman del lector su
libre interpretación o una postura frente a la historia, convirtiéndolo en
sujeto activo y pensante. De manera que, esta colección de relatos es una
propuesta que mantendrá la atención del lector hasta el final, no solo por el
contenido, sino por la forma en que el autor guía la narración con las palabras
exactas y necesarias y por la prosa poética que se filtra de forma natural y espontánea.
Aquí, un fragmento del relato El sexto elemento:
“Toma el picaporte, le da vuelta lentamente, con mucho
sigilo, como si temiera encontrarse con una escena desagradable. Va abriendo,
asoma con cautela la cabeza, sus ojos listos para dilucidar el misterio, cuando
alcanza a mirar hacia afuera, ¡el resto de la casa ha desaparecido!
Se encuentra al borde de un gran vacío, instintivamente
se agarra del marco de la puerta para no caer, da un paso atrás y cierra.
Suspira, piensa que debe estar en medio de un sueño, así que decide abrir de
nuevo, esperando encontrar todo en su lugar. Ni siquiera se acuerda de la
sustancia que ahora le llega a las pantorrillas”.
La historia se desarrolla en un
mundo que es invadido por una sustancia gelatinosa, extraña. El conflicto que
se plantea es la incapacidad de luchar contra lo inevitable y que lleva al protagonista
a tomar la decisión de lanzarse al abismo. Paradójicamente, ese salto es un
renacer, ya que el ciclo nuevamente empieza con la escena inicial ahora con una
mujer. Es el uroboro de la vida misma, la lucha continua por superar la
vaguedad de nuestra existencia, la inaceptación de nuestra mortalidad.
En El ruido el planteamiento nos lleva a sumergirnos en una realidad
en la que el hombre no puede encontrarse con sus propios pensamientos. El ruido
es el protagonista de este relato, donde asume un papel invasivo, incontrolable,
que domina nuestra existencia. No representa solo el ruido físico, es el ruido
de nuestros afanes diarios, la imposibilidad de mantener la mente en el
presente, en el ahora, es el bombardeo constante de información y la lucha por
escapar de esa nube densa para tratar de reencontrarnos con nosotros mismos.
“Ruido sin fin, ruido sin alma, la gente entrando y
saliendo, tirando las puertas, haciendo sonar los timbres, los teléfonos
repicando, los vendedores golpeando por las ventanas, las emisoras atacando con
sus letales comerciales, las conversaciones encima, voces y más voces, labios
que se mueven, manos en ademanes para reforzar las palabras que ya no sirven
porque perdieron su significancia, las bocinas de los largos gusanos del
semáforo, la gente que se pelea, las construcciones, las máquinas, la
tecnología, la automatización del ser y todo vibrando en eco diario,
persistente, descontrolado, las guerras, los discursos, la economía, la
miseria, el hambre, los cementerios, y este búnker ineficaz, donde todo llega y
nada me salva”.
El humor también está presente de la
mano del escenario perfecto: Un taller literario. Aquí chocan los egos, la
necesidad de ser reconocido, la inexperiencia, los pudientes y desamparados, la
falta de credibilidad; al final, un reflejo de nuestra sociedad. Se cuecen enemistades,
nacen admiraciones, pulula la crítica constructiva y la que solo busca aplastar
al otro para que solo reine “yo”, el mejor de todos. Del relato ¿Alguien más quiere leer?
“Se hace un largo silencio. Bertha se había olvidado que
la coordinación estaba en sus manos. Ahora valora más a Rufino, ella misma
sintió lo duro que patea el potro. Marcos limpiaba sus anteojos con esmero.
Felipe aún temblaba de ira. Michelle estaba que la seguía con uña y todo.
Alberto se deleitaba con un dulce de ron con pasas. Y todos los demás
ensimismados con sus cosas; algunos guardaban con disimulo sus escritos para
evitar las críticas.
De pronto Bertha recupera la lucidez y pregunta:
—¿Alguien más quiere leer?”
Del cuento Solo vine a morir a este pueblo:
“Parezco un adolescente metiendo la mirada por donde
apenas cabe una fotografía, la imagen de esa mujer frente al mar, brazos
abiertos al infinito, una aparición que me llena los ojos, a mí, viejo de
sesenta y cinco años, sin argumento para más vida, convocado por la muerte a
este último viaje. Siento un tropel en el pecho, como si aún tuviera corazón…
Benicia se pega más a mí, un relámpago alumbra la habitación, esta madrugada es
mía, me pertenece, suma de mis edades, sangre moviendo este corazón con ganas
de vivir, la aprieto fuerte, este cuerpo es mío…”
Cuando parece que todo está perdido,
el amor se revela como la fuerza capaz de crear un nuevo camino; luz que tiñe
de esperanza la agonía, la soledad. El protagonista busca un pueblo cualquiera
para esperar la muerte, pero la vida le entrega a Benicia, la Beatriz que lo
salva y lo redime, que le hace saber que no somos quienes para decidir en que
momento dejamos de sentir. Así como el mar que da la vida, mientras seamos
capaces de respirar, daremos lo que hay dentro de nosotros aun con miedo, porque
esa es nuestra naturaleza, aunque nos escondamos en el punto más remoto de
nuestros discursos o nos engalanemos anticipadamente con las vestiduras de la
muerte.
El
hombre que se deshace es un
relato contundente; una metáfora que se sufre y perdura en la memoria, un texto
universal y un referente de la ficción cespediana.
La inconciencia de la perdida y la negación se traduce en alucinaciones que
transfiguran al protagonista. No hay manera de escapar del sitio creado por el
mismo; cárcel inhóspita, sin rejas ni cancerberos, donde él es único verdugo. Una
pesadilla viva que recorre con él sus recuerdos y su angustioso presente de
soledad y abandono.
“Al comienzo esto me causaba horror; me agachaba nervioso
a recoger un pedazo de nariz, a examinarlo y comprobar que efectivamente me
pertenecía, y sí, todo lo que hallaba era mío, después me palpaba para
verificar la pérdida ¡y ahí estaban otra vez en su sitio!... Corrí a las
escaleras para agarrar mi pie, este subió a saltos los peldaños; cuando llegué
arriba se había esfumado, solo encontré el zapato y vi con espanto que yo
llevaba solamente el izquierdo… Después de una hora de anotaciones y consultas,
levanté la cabeza para descansar y vi, en una mesa contigua, a un hombre
idéntico a mí, parecía el reflejo de un espejo, pero algo absurdo me llamó la
atención: ¡mi otro yo no tenía boca!”
El poeta y escritor Juan Carlos
Céspedes, se desplaza con una técnica depurada a través de cada historia, para
heredarnos una obra que funge como una espiral de ideas y visiones enmarcadas
por su cosmovisión y filosofía de vida. Asimismo, es imperativo mencionar el
prólogo de Mara Castell el cual enaltece este trabajo literario con un análisis
detallado y bien sustentando; páginas que nos introducen al texto y que no
debemos pasar por alto.
En resumen, el lector vivirá con
este libro la verdadera literatura y hará parte de una fiesta, donde palabra e
imaginación se funden para recrear una experiencia inolvidable.
Reseña. Contra toda evidencia, el cuento. Juan Carlos
Céspedes Acosta (2017).
Sualvez.






